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Cristo es la respuesta

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Introducción
 

Los inicios de la historia del Movimiento Cristianos y Misionero ponen de manifiesto testimonios de vida de personas intrépidas y atrevidas por extender el Reino de los Cielos en la Argentina. El primer preponderante de esta denominación fue el pastor y evangelista danés Samuel Enok Sórensen. Dentro de sus muchas historias que dan cuerpo al calibre de su ministerio y la tarea de la evangelización, está su reconocimiento personal en la vida de Oscar Daruich, uno de los obreros que estaban a su lado, como una persona con prometedoras virtudes de evangelista. El pastor Daruich quedaría a cargo de la obra en Necochea y se convertiría en uno de los pilares del Movimiento. Se lo llega a comparar con el apóstol Pablo en cuanto a su llegada tardía, pero su impacto indiscutible.

En 1965, se da lugar una campaña evangelística en la ciudad de Mar del Plata, encabezada por el evangelista internacional Morris Cerullo, actualmente de 86 años de edad. Esta campaña fue enarbolada por la insignia “Cristo es la respuesta”. Los años consecutivos a la historia del MCyM, están ilustrados por una sucesión de campañas evangelísticas, primeramente, impulsadas por Oscar Daruich, que mantendrían en vigencia el mismo título: “Cristo es la respuesta”. Tanto así, que las iglesias que se dieron a luz en las diferentes provincias, en su mayoría, acogieron esta frase como nombre de sus centros de congregación. “Iglesia Cristo es la respuesta” paso a ser un emblema en muchas ciudades como identificación de una congregación más del MCyM.

La pregunta que deriva de tal premisa es exactamente eso: ¿Qué pregunta? Es decir, Cristo es la respuesta a algún interrogante o grupo de cuestiones, de lo contrario tendríamos una respuesta a una pregunta que nadie ha hecho. Pero basta mirar nuestro entorno, el mundo que nos rodea con todas sus virtudes, pero también todos sus defectos, los cuales son muchos y funestos. Las calamidades, la maldad de las personas, los extremos del pecado y cómo este ha echado raíz hasta los cimientos de los valores esenciales de la vida, nos dan fiel testimonio que este planeta es un lugar mayormente de preguntas, que de respuestas. Y son muchos los interrogantes que rodean al ser humano, tanto en su existencia como tal, como en sus acciones inmediatas. En cuanto a su existencia, las preguntas buscan la profundidad del sentido de la vida: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Hay un propósito de existir? ¿Cuál es? Preguntas filosóficas acerca de la esencia del ser. Y en cuanto a las acciones inmediatas, los pecados cometidos anteceden a las preguntas de la razón de nuestros actos: ¿Por qué a mí? ¿Qué es lo que hice? ¿Cómo saldré airoso de este asunto? ¿Quién me ayudará? Preguntas que ponen en duda nuestra integridad y cuán lejos podemos llegar en nuestra maldad por causas de ira, angustia, temor y desesperación.

En fin; preguntas. Preguntas que necesitan respuestas, porque si no hay respuestas, no hay soluciones o consolaciones. Si no hay respuestas, un vacío responde a nuestro llamado de auxilio y extingue todo propósito de ser. Las respuestas, aunque sean difíciles, nos dan una sensación de paz o alivio, y liberan la pesada carga de la duda. Saber qué sucederá o por qué algo sucedió, pone nuestros pies en la tierra y dan fundamento a nuestra conciencia.

 

Del hombre hacia Dios: necesidad de una respuesta
 

“Dios mío, clamo de día, y no respondes; Y de noche, y no hay para mí reposo.” (Salmos 22:2)

 

Este salmo está formado por dos partes: un grito de angustia y un canto de alabanza. Así es el orden cronológico de la experiencia de David, siendo vituperado, perseguido y burlado en sus comienzos, sintiendo la ausencia de su Señor (1-2); pero luego hallando descanso en la esperanza de los antiguos (3-5).

La angustia experimentada por el salmista al sentir la falta de respuesta del Creador tiene un origen antiguo; tan antiguo como la humanidad misma. Dios fue claro con Adán al advertirle que su desobediencia causaría una separación tajante entre ellos; una separación que cortaría el cordón de vida que los mantenía unidos. Con la caída del hombre, vino el pecado, y con el pecado, la muerte. La muerte entró por un hombre y pasó a toda la humanidad (Romanos 5:12). Desde ese momento, el ser humano fue dejado a su suerte, permitiéndosele jugar a ser dios y dominar su propia vida. El fracaso es contundente al ver el mundo y la sociedad corrompidos por sus propias decisiones. Pero Dios dejó sembrado dentro del ser humano un principio de eternidad (Eclesiastés 3:11) que lo jala hacia ese principio divino, a esa fuente de vida y caudal de amor primitivo. Cada concepto de bondad y valor de verdad ha sido corrompido por la mancha del pecado, pero esos principios puros y perfectos aún siguen en ese huerto en el Edén, en esa comunión inicial. Ese impulso interior es el que genera cientos de interrogantes acerca de la vida y la razón de la existencia. Pero, así como nos atrae, también nos repele, porque hay un impulso interior por buscar de nuevo el rostro de nuestro Creador, pero al caminar hacia Él descubrimos que también es nuestro Juez, y demanda una respuesta por nuestros actos. El hombre tiene preguntas que necesita responder, pero con mucha probabilidad esas respuestas no sean de su agrado y conveniencia. Por eso hemos reemplazado a Dios por diferentes vicios, hábitos, filosofías, religiones y varios aspectos más que intentan descifrar el significado de esa eternidad plantada en nuestros corazones.

 

“Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia. Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar; Ten misericordia de mí, y oye mi oración.” (Salmos 4:1)

 

Por eso, el salmista incluye en este versículo dos palabras como dos principios que deben convivir juntamente para mantener en vida al ser humano: “justicia” y “misericordia”. David demanda una pronta respuesta a Dios llamándole “Dios de mi justicia”, porque si ha de ser juzgado por alguien, ese Alguien debe ser su Creador que, como tal, pesará su justicia con su misericordia. David sabe cómo es la mirada del Señor, y sabe que en sus ojos hay una constante búsqueda de satisfacción por su santidad, pero no hay búsqueda de condenación. “Ten misericordia de mí, y oye mi oración”, dice el escritor, anteponiendo ese carácter benevolente y compasivo del Señor a su oración.

 

De Dios hacia el hombre: Promesa de una respuesta
 

“Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré.” (Salmos 91:5)

 

El salmo 91 es uno de los más conocidos y memorizados por el pueblo cristiano, y posee entre sus líneas esta promesa del Señor, la cual asegura su respuesta a quien le invoque.

“Invocar” está definido como llamar a alguien pidiendo auxilio y protección. Se entiende como una solicitud imperiosa a un poder superior capaz de librar del peligro o situación apremiante. La respuesta de Dios es una promesa de Dios, pero implica acercarse a Dios en consideración de su eterno poder y deidad, su infinita sabiduría y su ayuda como primer y último recurso.

Así que la Biblia nos muestra un proceso de iniciativa-respuesta, tanto de parte de Dios como de parte del ser humano. Sólo cuando Dios tiene la iniciativa de salvar al hombre, éste puede responder a esa gracia; y sólo con la iniciativa del ser humano de clamar al Señor, éste puede responder en el momento de angustia. Sin sacrificar su soberanía, Dios permite que el libre albedrío del hombre entre en juego y exponga la responsabilidad que tiene de venir a Dios voluntariamente. Esto implica que el hombre reconozca sus límites, sus imposibilidades frente a muchas situaciones, y reconozca que sin Cristo nada puede hacer.

 

“Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jeremías 33:3)

 

Este texto vuelve a hacer énfasis en la acción iniciativa-respuesta: el hombre clama, Dios responde. Cuando Dios responde, lo hace a un nivel superior al ser humano, y no lo ayuda como otro hombre lo haría, sino con “cosas grandes y ocultas” que son desconocidas para la raza humana.

 

“Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos.” (1 Reyes 18:37)

 

La respuesta de Dios hacia el ser humano que clama no sólo será el pronto auxilio que necesita, sino que también se convertirá en fiel testimonio de un Dios protector y poderoso. La respuesta de Dios es para que el pueblo conozca que Él es Dios y que es misericordioso para socorrer, para escuchar el clamor de su Creación.

 

La respuesta viene de Dios
 

En este punto hemos de comprender una verdad fundamental respecto a la necesidad del ser humano: Dios no es una opción, una alternativa al grupo de factores que sirven de ayuda. Dios es el único dador de vida, auxilio en la crisis y consuelo en la angustia. Así daba testimonio José delante de Faraón:

 

“Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí, Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón.” (Génesis 41:16)

 

Esto deja en claro que en el ser humano no hay ninguna capacidad de salvación, y que no posee nada en sí mismo como recurso de liberación o consuelo. “No está en mí”, dice José, “Dios será el que dé respuesta”.

 

“Del hombre son las disposiciones del corazón; Mas de Jehová es la respuesta de la lengua.” (Proverbios 16:1)

 

No cabe duda que Dios, al crear al ser humano, lo haya dotado de capacidad de entendimiento y discernimiento. Como personas, podemos elegir, pensar, debatir, y dispensar diferentes puntos de vista frente a las vicisitudes de la vida. Empero, la respuesta final proviene de Aquel que implantó esa habilidad en el ser humano. “Jehová es la respuesta” frente al problema del ser humano.

 

Cristo es la respuesta
 

“Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.” (Lucas 2:46-47)

 

Las respuestas de Cristo causan maravilla. Toda fuente de verdad y sabiduría proviene de Él. Pero antes de expandir este punto, es necesario responder a la pregunta inicial de este mensaje: si Cristo es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?

La pregunta, es la problemática; es la incógnita de la existencia del ser humano y su entorno. La condición actual de la humanidad, que desde el pecado inicial del huerto del Edén ha ocasionado su progresivo deterioro, también deja a su paso una evidente destrucción de valores de vida, conceptos de verdad y hasta la calidad de vida corriente y la ecología de nuestro planeta. Todo lo que toca el hombre, lo destruye.

Actualmente, el mundo vive en caos, y aunque seamos cristianos, estamos en este mundo conviviendo con todo tipo de problemas. ¿Hasta dónde hemos de llegar? No lo sabemos, pero parece que el ser humano se desafía a sí mismo año tras año. La ansiedad aqueja nuestras almas, la preocupación por el día de mañana, los conflictos diarios con personas en el trabajo o en el lugar de estudios, la condición financiera del país, las guerras, el hambre, las enfermedades, y cientos de factores que dan fiel testimonio de que somos una raza caída, y necesitamos respuestas porque tenemos demasiadas preguntas.

Aquí es donde entra el concepto de “Salvador”.

Todo ser humano tiene la capacidad de tomar dos actitudes frente a la vida: siendo simple, o siendo entendido.

El simple vive en un estado superficial de la vida. Trata de estar contento y ser “buena gente”. Como nunca explora las profundidades del ser y de la vida, nunca se hace preguntas existenciales, ni indaga en el trasfondo de las situaciones que le rodean. Es una vida simple y modesta, pero al no tener grandes preguntas, no puede contemplar respuestas significativas. Incluso hay cristianos que han adoptado esta postura, donde Dios es “algo que está allí”, y su actividad espiritual es un hábito religioso. En su casa, vive una vida común, no se plantea grandes desafíos, vive el día a día, trata de ser sólo un buen vecino y hace claras separaciones entre Dios y “sus asuntos”. Esta es una peligrosa manera de vivir, porque Dios no busca una condición religiosa con el ser humano, convirtiéndolo en “buena gente”, sino una relación profunda, orgánica y dinámica. Está en juego, incluso, la salvación del alma, porque al final sólo entrarán al Reino celestial aquellos que el hijo haya conocido, y esto implica caminar de la mano del Señor y tenerlo como amigo, mentor, compañero, Rey soberano.

Así es como intenta vivir el entendido, es decir, aquel que ha entendido o comprendido la magnitud de la vida, de las grandes cuestiones de la existencia y el valor del saber. Siempre busca ir más lejos, profundizar aún más en la complejidad de Dios y de la vida. Tiene preguntas grandes, enroscadas, complejas, extrañas. Preguntas que a veces no puede ni siquiera expresar en palabras porque se maravilla ante el concepto bíblico de Dios y lo grandioso de sus obras. Sabe que no es sencillamente “buena gente”, sino que es pequeño ante la grandeza de la Creación y de la mente del Creador.

El entendido observa, medita y masculla las grandes cuestiones del ser humano. Se pregunta la razón de la existencia, el problema del pecado y la corrupción de la moral, las cuestiones financieras del país, las causas de los desastres naturales, y muchas cosas más. Adopta una postura más profunda antes la vida y, por ende, más significativa.

 

Cómo obtener respuesta
 

“¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” (Lucas 18:7)

 

De nuevo aparece aquí la palabra “justicia”. Se podría llegar a una apresurada conclusión de que Dios será propicio con sus escogidos, es decir, con un grupo selecto que Él ama, perdona y prospera por ser elitista o discriminatorio. Sin embargo, la justicia que Dios ejecuta sobre cada ser humano es la misma: lo justo es que Dios mida al ser humano con sus mandamientos, descubre que es profundamente pecador y le condene por sus crímenes. La santidad de Dios es tan perfecta y tan pura que el más pequeño de los pecados del hombre se ven como una gran mancha de tinta derramada en un papel inmaculado. Y Dios no hace acepción de personas: condenará a todos por igual por el hecho de que todos son merecedores de esa condenación; si así no lo hiciera, sería un Dios injusto.

La diferencia radica en que hay seres humanos que reciben la dádiva del Señor, la “buena noticia” de que les ha sido provisto un Sustituto, un reemplazo, que tomará esa condenación para sí y pagará la correspondiente justicia. El hombre debe acercase a Dios en fe creyendo en el Hijo de Dios con todo su corazón para que la justicia perfecta de Cristo le sea imputada, y su pecado sea trasladado a Jesús. La deuda queda totalmente paga, y la condenación que correspondía a ese hombre, ahora fue saldada en la Cruz del Calvario.

Por lo tanto, cuando el texto dice que Dios hace justicia a sus escogidos, quiere decir claramente que Dios lleva a cabo una actitud de benevolencia hacia aquellos que han sido limpiados por la Palabra de verdad y alojar en su ser a Cristo y han sido sellados por el Espíritu Santo.

Estos escogidos no son simples, sino entendidos, pues claman a Dios día y noche; y no habría un clamor tan constante, si no hubiera una contemplación directa y tangible de los problemas de la existencia, de la corrupción de la sociedad, el detrimento del planeta y los golpes de la vida. El entendido sufre, soporta, espera en Dios y clama por su respuesta; necesita una respuesta, le urge esa respuesta, y no se detendrá hasta que se le haya respondido.

 

“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Mateo 7:8)

 

Cristo es la respuesta de los entendidos, de los que preguntan e indagan más allá de la simplicidad de la vida. Cristo es la respuesta del que sufre, del que llora, del que está en soledad, pero quiere salir adelante y alcanzar un propósito en su vida. Cristo es la respuesta para el que ha buscado respuestas en muchos lugares, pero sólo ha generado más interrogantes en su vida. Cristo es la respuesta de los que piensan, de los que sueñan, de los que saben que hay algo más allá, de los que se atreven a ver más lejos y más profundo, de los que su lugar de comodidad les incomoda.

Cristo es la respuesta.

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Francisco Ibañez

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