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Desde los huesos

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Texto central
 

2 Reyes 13:14-21

 

Introducción
 

“Acercándose uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y ya ninguno osaba preguntarle.” (Marcos 12:28-34)

 

No son muchos los encuentros entre Jesús y los líderes religiosos de la época que relata la Biblia, que podamos apreciar una salida airosa de estos estudiosos de la Ley. Por lo general, estas personas buscaban el tropiezo del Maestro, el error del Rabí, la forma de ridiculizar el mensaje que traía este galileo, y aplastar su fama con el pesado golpe de la interpretación de la ley.

Fue una situación de estas la que dio lugar al texto mencionado arriba. Jesús acababa de enfrentarse a los saduceos, mostrándoles con las Escrituras el error en el cual incurrían al no creer en la resurrección de los muertos. “Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho erráis”. Estas palabras cerraron la boca de los líderes saduceos, pero dieron lugar a la curiosidad de los escribas fariseos… o, mejor dicho, de uno de los escribas. Es que Jesús aún estaba en discordia con los escribas por causa de su modo religioso de vida, según vemos en los versículos 38 al 40, a través del cual convirtieron la Ley de Dios en una pesada carga, y no querían ayudar a las personas para aliviar sus tareas. Amaban los aplausos de los hombres y los títulos. En medio de este grupo, un escriba se acerca a Jesús y le pide la interpretación del primer mandamiento. Ellos eran intérpretes de la Ley; no necesitaban que nadie realizara esa tarea por ellos, y mucho menos alguien tan tenido a menos por su grupo como Jesús. Sin embargo, este hombre descubrió sabiduría de Dios en Él. La respuesta de Jesús condujo los pensamientos hacia la Ley de Dios de este hombre por la senda correcta, entendiendo que no es una ley fría, sin vida y meramente escrita en un pergamino, sino que es el amor de Dios, por Dios y hacia la humanidad derramado en los corazones por su Presencia. Que no tener dioses ajenos significa que todo el ser está lleno de Dios, de su vitalidad, de su naturaleza divina puesta de manifiesto en una profunda devoción a Él y un altruismo evidente hacia el prójimo.

Al ser abiertos los ojos de este escriba, Jesús responde: “No estás lejos del Reino de Dios”. Palabras demasiado grandes para cualquier corazón humano. Y este encuentro entre Jesús y el escriba es lo que nos da pie hacia la historia central de este mensaje.

 

Los últimos momentos de Eliseo

 

El reino de Israel no estaba en su mejor momento. Está viviendo el tiempo de la dinastía; una sucesión de reyes que, en su mayoría, hacían lo malo delante de los ojos del Señor, buscando su gloria y siguiendo sus propios caminos de gobernación. En estos tiempos, Joás reina sobre el pueblo israelita y sus actos no fueron mejores que los de su rey antecesor, su padre Jeroboam.

La tierra sufría las consecuencias del abandono de la Ley de Dios y la dirigencia de reyes egoístas y malvados. Y además de esto, estaba por perder a uno de los pocos hombres que mantuvieron un camino de santidad delante de Dios: Eliseo.

Eliseo, conocido por seguir a Elías y aprender de él, y manifestar el poder de una doble unción sobre su vida, tenía sus minutos contados, llegando al fin de su enfermedad. Cientos de recuerdos se agolpan en su mente y en su corazón, Un Elías cansado de su caminar de profeta, arroja su manto sobre un joven que araba la tierra, llevando la última de las yuntas delante de sí. Este joven, Eliseo, se despide de sus padres y sigue a Elías hasta el fin. Juntos transitaron los caminos que conformaban la difícil misión de sobrevivir para llevar el mensaje de Dios al pueblo y a sus reyes. En el tiempo final de Elías, cuando un carro de fuego con caballos aparta a los dos y un torbellino se lleva a su mentor y amigo, Eliseo pronuncia con ímpetu: “¡Padre mío, Padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!”

Eliseo recuerda Moab, a la viuda, a la sunamita, la olla envenenada, al general Naamán, el hacha flotante, los sirios, Samaria, Jezabel, y tantas historias más… Toda una vida poniendo en evidencia las mismas palabras que diría Jesús muchos años después: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Un hombre lleno del poder y del amor de Dios. Ahora, no había un Eliseo a quien arrojar su manto; no había un sucesor a su lado que continuara esta travesía y extendiera el mensaje de Dios. Sólo había un rey, un malvado, pero quebrantado rey a su lado, Joás, el cual pronunciaba las mismas palabras que Eliseo le dijera a Elías en su partida: “¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!” No hubo torbellino ni carros de fuego, sino dos personas en una habitación como dos extremos opuestos para darnos una lección. Una persona que conocía a Dios por oír de Él, con un conocimiento superficial; y otra persona profundamente relacionada con su Hacedor, en una amistad sincera y fluida.

 

La profecía en nuevas manos

 

“Y le dijo Eliseo: Toma un arco y unas saetas. Tomó él entonces un arco y unas saetas. Luego dijo Eliseo al rey de Israel: Pon tu mano sobre el arco. Y puso él su mano sobre el arco. Entonces puso Eliseo sus manos sobre las manos del rey, y dijo: Abre la ventana que da al oriente. Y cuando él la abrió, dijo Eliseo: Tira. Y tirando él, dijo Eliseo: Saeta de salvación de Jehová, y saeta de salvación contra Siria; porque herirás a los sirios en Afec hasta consumirlos.” (2 Reyes 13:15-17)

 

No fue una conversación intensa y motivada. Era la voz de un moribundo, sujetando un arco con sus débiles manos con la ayuda del rey. Eliseo encarga la ejecución visible de la profecía a Joás, y declara la victoria de Israel contra los sirios. No hay sucesor, no hay quien interprete y declare la profecía en lugar de Eliseo. Hasta sus últimos momentos, el profeta debe profetizar con la ayuda de un hombre desconocedor del poder de Dios y extraño ante su Presencia. Un ser superficial que demostrará maldad en sus caminos hasta el día de su muerte. Eliseo no tiene opción, y usa las manos del rey para tirar la saeta hacia el oriente.

 

Poco es suficiente

 

“Y le volvió a decir: Toma las saetas. Y luego que el rey de Israel las hubo tomado, le dijo: Golpea la tierra. Y él la golpeó tres veces, y se detuvo. Entonces el varón de Dios, enojado contra él, le dijo: Al dar cinco o seis golpes, hubieras derrotado a Siria hasta no quedar ninguno; pero ahora sólo tres veces derrotarás a Siria.” (2 Reyes 13:18-19)

 

La orden comunicada de Eliseo a Joás era una orden profética, una Palabra de Dios en marcha. Eliseo, siempre presto y atento a la voz de Dios, da la indicación al rey de ejecutar esa Palabra, pero Joás resultó ser una persona carente de esa sensibilidad, de esa búsqueda impetuosa del rostro del Creador y la manifestación de su voluntad. Si Elías hubiera dicho a Eliseo que golpeara la tierra, éste hubiera pasado horas asestando golpes contra el suelo con las saetas hasta que alguien lo detuviera. Tal como a un soldado se le ordena marchar hacia filas enemigas y no detiene su paso hasta nueva orden, Eliseo estaba impregnado hasta sus huesos de su devoción hacia Dios. Ser rey de Israel no puede ser un puesto más representante de ser judío, sin embargo, tal posición era superficial y meramente política, y no representaba necesariamente una relación personal con Dios. Como hoy en día y con muchos creyentes, Joás había sido habilitado por Dios, mas no respaldado por causa de ignorar aquel principio tan grande que Eliseo supo primar en su corazón: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. La ausencia del poder manifiesto de Dios en muchas vidas no está necesariamente sujeta a una falta de fe o a una vida pecaminosa, sino más bien, que la incredulidad y el pecado salpicando muchas áreas de la vida son testimonio de una falta de entrega a Dios, de una relación personal, profunda y fluida con Jesucristo que limpia aquel corazón entregado. Una vida como la de Eliseo era una vida impregnada de su Presencia, y donde uno mirara, en cada aspecto de su ser y de sus hábitos, existía un perfume que pertenece sólo a Dios. Y aún más; Eliseo encontraba el rostro de Dios sin importar hacia dónde mirara. Todo es Dios; todo se trata de Él; todo manifiesta su Ser y su poder.

Tal expresión podemos ver ilustrada en una canción muy reciente:

 

“En medio de la sequía del alma de un pecador, como una flor plantada estaba mi Salvador. Mis lágrimas regaban en el desierto que era yo; la esencia de la vida que se propagó. Su gracia nos perfumó. Jardín de adoración hizo de mi corazón, la Rosa de Sarón. Como un vaso nos llenó, su belleza nos reveló. La Rosa de Sarón.” (Jotta A)

 

La Rosa de Sarón se menciona en el libro de Cantar de los cantares, donde Salomón hace referencia a ella para referirse a su amante. En las obras cristianas tradicionales, Jesús es llamado la Rosa de Sarón como un cántico a su belleza; la flor más hermosa, como lirio entre espinos. Una interesante curiosidad de esta flor es que prefiere los suelos permeables. Asimismo, la Presencia de Dios está en todas partes, pero prefiere corazones que reciban su amor y enseñanza, que tomen de su fragancia y llegue hasta lo más profundo del ser; llenado todo, cada célula, cada átomo, de manera que el amor llene tanto cada espacio que no haya lugar para el temor (1 Juan 4:18).

 

Bendecir desde los huesos

 

“Y murió Eliseo, y lo sepultaron. Entrado el año, vinieron bandas armadas de moabitas a la tierra. Y aconteció que al sepultar unos a un hombre, súbitamente vieron una banda armada, y arrojaron el cadáver en el sepulcro de Eliseo; y cuando llegó a tocar el muerto los huesos de Eliseo, revivió, y se levantó sobre sus pies.” (2 Reyes 13:20-21)

 

Cuando creeríamos estar seguros del final de la historia de Eliseo con su muerte, aun sus huesos continúan un legado que nadie más estuvo allí para tomar. No hubo un traspaso de unción, sino que la misma permaneció allí, en sus huesos. Huesos que durante la vida de este profeta fueron recibiendo más y más de la Presencia de Dios; un poder que fue depositado sobre su piel y sobre su cabeza, pero que fue permeando cada vez más hasta traspasar la carne y llegar a los huesos, y a lo profundo del alma.

Nicole Smith-Guzmán, estudiante de post doctorado en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, muestra un pequeño hueso de mandíbula inferior y menciona que pertenecía a un niño de siete años, criado a una dieta azucarada a mase de maíz. Aunque el niño murió hace más de 1,500 años, se puede determinar su edad hasta unos seis meses en función del número y el tamaño de los dientes de leche en comparación con los permanentes. Smith-Guzmán señala varios signos de enfermedades dentales—unas caries, un absceso en el hueso de la mandíbula, el hoyo que queda luego de perder un diente de leche con el hueso cicatrizado antes de que el diente permanente emergiera. En la mandíbula de otra persona, los dientes sugieren que la mandíbula nunca creció a su máximo potencial, ya que sólo mordía comida suave y blanda. En otro conjunto de dientes, hay muestras de sarro, que puede contener restos vegetales e incluso rastros de bacterias bucales.

Los huesos dan testimonio de las características de una persona. Luego que alguien haya muerto y pasaron miles de años, se puede conocer su estatura, género, edad, hábitos alimenticios, problemas de salud, traumas en el cuerpo, y mucho más. Superficialmente, Eliseo pudo haber cometido errores y estaba sujeto a las mismas pasiones que el resto de los mortales, pero su hombre interior era fortalecido, alimentado, enriquecido y santificado por la Presencia del Todopoderoso. Desde el momento que este profeta vio a Elías la primera vez, comprendió que somos prisioneros del presente, y que esta vida es la única oportunidad que el Señor nos otorga para ejercer nuestro albedrío. Podemos obedecerle o hacernos a un lado; podemos aprender de Él o permanecer en las sombras de la ignorancia; podemos transformar otras vidas o contemplar desde la pasividad como el mundo se derrumba debajo de nuestros pies. Todos somos llamados a marcar la diferencia. La profundidad y significancia de esa huella en las personas que nos rodean, es directamente proporcional a la huella que tengamos de Dios en nosotros.

¿Está su Nombre escrito en nuestros corazones? ¿Se produce vida y restauración cuando nuestros huesos, lo que hay dentro de nosotros, son tocados por la mano de un moribundo? ¿Nuestro exterior manifiesta de continuo que la Presencia de Dios ha permeado nuestro ser de manera que esta convicción de amor por Él sea inalienable de nosotros? ¿O hemos convertido una pasión por su Presencia en una actividad superficial y religiosa?

Lamentablemente, el vacío del alma es una ilusión; algo inexistente. El alma siempre está llena de algo. Cuando no elegimos, voluntariamente, que la Presencia de Dios haga nido en nuestros huesos, viene el devorador a ocupar ese lugar y hacerlo su habitación. Por eso muchas vidas están sujetas a situaciones, sentimientos y peligros del alma constantemente, porque buscan un toque externo de Dios, cuando deberíamos confiar en el Nombre de Jesucristo para quitar esta presencia de tinieblas de nosotros, y permitir que la luz de su Espíritu Santo nos llene.

 

Por qué deberíamos ser llenos de Dios

 

  • Tenemos siempre Palabra de Dios en nosotros, para ayudar, corregir, animar, atacar al enemigo, defender la fe: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.” (Hechos 4:31)
  • Realizamos nuestras labores con diligencia y responsabilidad: “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.” (Hechos 6:3)
  • Vivimos en un estado de gozo y paz: “Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.” (Hechos 13:52)

 

Cómo ser llenos de Dios

 

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Efesios 3:14-19)

 

El punto de partida para toda obra en el Señor es conocerle. Saber quién es, qué es lo que hace, que pretende de nosotros y del mundo, cómo son sus atributos, su carácter, sus reacciones, sus pensamientos; nos abrirá la puerta a sus muchas bendiciones. Como primera bendición, obtendremos la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)

Al buscar su rostro, tal como Moisés, seremos iluminados de tal manera que todo nuestro ser estará lleno de luz y podremos irradiar de esa gloria de Dios en los demás. Dios ha sido visto desde lejos por muchas personas a lo largo de la historia y la geografía, pero no tantos se han acercado tanto a Él como para que hasta sus huesos sean llenos de su Presencia. Y no hay forma de acercarse ante tal poder de gloria y santidad sin morir sin la Sangre de Cristo que nos quita el pecado para ser aceptos en su Presencia: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:14-16)

Tu alma es una habitación. ¿Quién vive allí?

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Francisco Ibañez

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