gallery/predica26

El Dios desconocido

Escuchar
Deja tu comentario
Compartir

Pablo fue reconocido históricamente como el principal propulsor del mensaje del evangelio de Jesucristo, pues, a diferencia de los demás apóstoles, rompió las fronteras del judaísmo y alcanzó a las poblaciones vecinas, declarando que “ya no hay judío, ni griego; no hay esclavo, ni libre; no hay varón, ni mujer” (Gálatas 3:28), sino que la salvación había llegado a todo ser humano dispuesto a recibirla. La gracia de Dios era anunciada de sinagoga en sinagoga, de casa en casa, de plaza en plaza, de ciudad en ciudad; mediante un poderoso, complicado y difícil trabajo misionero.

Como parte de ese viaje misionero, tres ciudades fueron el escenario de la dispersión del mensaje, escuchándose en sus calles y plazas las voces de Pablo, Silas y Timoteo. Una de esas tres ciudades fue Tesalónica, ciudad griega.

Cuando observamos las iglesias de hoy en día, especialmente en Argentina, podemos ver una población asistente con variados matices étnicos, haciendo totalmente imposible (e inútil) la predicación del evangelio personas de un color de piel característico o con un parentesco demográfico. El evangelio se predica a todos por igual, pero las diferencias se notan en la manera en que es recibido.

 

“Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo. Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas. Entonces los judíos que no creían, teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo. Pero no hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá; a los cuales Jasón ha recibido; y todos éstos contravienen los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús. Y alborotaron al pueblo y a las autoridades de la ciudad, oyendo estas cosas. Pero obtenida fianza de Jasón y de los demás, los soltaron. Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres. Cuando los judíos de Tesalónica supieron que también en Berea era anunciada la palabra de Dios por Pablo, fueron allá, y también alborotaron a las multitudes. Pero inmediatamente los hermanos enviaron a Pablo que fuese hacia el mar; y Silas y Timoteo se quedaron allí. Y los que se habían encargado de conducir a Pablo le llevaron a Atenas; y habiendo recibido orden para Silas y Timoteo, de que viniesen a él lo más pronto que pudiesen, salieron.” (Hechos 17:1-15)

 

Tanto en Tesalónica, como más tarde en Berea, el procedimiento evangelizador de Pablo fue el mismo, y en ambas ciudades ocurrieron situaciones muy parecidas, sólo diferenciadas por los resultados finales y la actitud de las personas. Ambas ciudades fueron visitadas por el apóstol Pablo, el cual tuvo como principal parada una sinagoga judía, desde la cual predicaría de Jesús como el Cristo profetizado en las Escrituras. Por lo tanto, el mensaje fue recibido por judíos en las dos ciudades. Aquí es donde podemos ver la primera diferencia quienes oían el mensaje: unos recibieron las palabras de Pablo a ciegas, pero los de Berea verificaban constantemente con las Escrituras que lo que Pablo decía era correcto y concordaba con la estructura profética de los antiguos. Lucas, quien redacta el libro de los hechos de los apóstoles, recordaría a estas personas de Berea como “más nobles” que los de Tesalónica, y dejaría escrito para siempre la notable actitud de estos oyentes.

La segunda diferencia la podemos ver en los griegos presentes, porque, aunque Pablo hablaba en las sinagogas, no debemos olvidar que tanto Tesalónica como Berea eran ciudades griegas. En el caso de Tesalónica, dice que creyeron muchos hombres griegos y “no pocas” mujeres nobles; pero el caso de Berea es al revés: creyeron muchas mujeres nobles y “no pocos” hombres. El hecho que la gente de Berea corroborara las palabras de Pablo mediante la literatura disponible, implica que éstos eran más letrados que los tesalonicenses, especialmente las mujeres, las cuales se identificaban mayormente con el analfabetismo.

El siguiente hecho que identifica a las dos ciudades es la reacción de los judíos que no tomaron en serio las palabras de Pablo y, por el contrario, buscaron censurarlo. Para tal efecto, alborotaron a la ciudad con hombres ociosos y violentos como mano de obra, causando que la gente reaccionara violentamente contra Pablo y sus acompañantes, Silas y Timoteo. En ambos casos, los hermanos liberaron a Pablo y les despidieron para que continuaran su tarea evangelizadora. Aquí es donde el tema principal de este mensaje comienza a asomar en medio de las líneas que conforman estas historias. Y todo parte de una pregunta: ¿por qué Pablo, Silas, Timoteo y todos los hermanos persistían en la predicación de la Palabra de Dios, aun con la presión de la persecución judía y el flagelo de la condición precaria en la que se encontraban como misioneros? Sin duda que había una fuerza poderosa, un ímpetu en sus espíritus que sea hacía elevar su mirada por encima de toda circunstancia, quitando la vista de ellos mismos y olvidando toda consideración a su comodidad y bienestar. Su desempeño como misioneros no estaba alimentado por una condición de vida óptima y recursos varios y abundantes, sino que tenía como fuente de vigor observar la meta, el objetivo de que la Palabra del Dios que los había llamado y encomendado se predique a toda criatura. Y con esa misma disposición y valor interior fue que Pablo atravesó el mar para llegar a la capital griega de Atenas. Y justamente allí continuará nuestro escenario misionero.

La historia de la filosofía está tejida por los hilos de pensamiento de antiguos que buscaron la trascendencia de algo superior, un ente en el más allá o un agente ordenador del universo. La idea de algo superior al ser humano nunca fue un problema para los antiguos filósofos. Ellos buscaron el fundamento de la realidad y desde tiempos de Aristóteles se consideraba que era lo ilimitado o indeterminado, como el aire. Pitágoras sostuvo que “todas las cosas son números”, como matemáticas que se observan en todo. Parménides entendía las propiedades esenciales del Ser, que es uno, inmutable, indivisible, increado, imperecedero y homogéneo. Heráclito creía en un evidente orden del universo. Empédocles sostenía los principios movientes “amor” y “odio”. Anaxágoras decía que todo estaba compuesto de diminutas partes ordenadas por una inteligencia. Platón, junto con Sócrates, sostenían el principio de que no había multitud de dioses (como creían los griegos), sino que había una entidad superior como la “Verdad” o el “Bien”. Aristóteles habla en su libro Física del primer moviente inmóvil del universo, que es inmaterial, que no padece ningún cambio y que es el principio físico del mundo. Dice que mueve como lo conocido y lo amado, y entiende que significa un ser apetecido de todos los seres del mundo. También, lo hace responsable de la unidad del mundo y su orden.

Mientras este contexto filosófico se fue gestando en las entrañas de la sociedad griega, moldeando su estilo de vida y comportamiento, desde el otro lado de la frontera, de la región de Asia menor y las ciudades griegas del otro lado del mar, venía Pablo dispuesto a continuar el camino misionero que venía trazando tras de sí.

Al llegar a Atenas, Pablo debía esperar a Silas y a Timoteo que vendrían más tarde. Pero sucedió que “mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían.” (Hechos 17:16-17). Esto no tardó en llamar la atención de los filósofos, tanto epicúreos como estoicos, quienes “en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir u oír algo nuevo” (Hechos 17:21).

Es necesario detenernos un momento para explicar la diferencia entre estas dos escuelas de pensamiento. El estoicismo, fundado por Zenón de Citio, rechazaba las pasiones y deseos, y sostenía que los seres humanos y todo lo demás son cuerpos materiales que derivan de una razón universal (Dios-Zeus), la cual también es material. Por su parte, el epicureísmo, si bien no negaba la existencia de dioses, se interesaban en que las personas perdieran todo miedo y temor a éstos, ya que los dioses no tenían deseos de intervenir en las cuestiones humanas, y de nada servía cualquier tipo de culto a ellos. La filosofía epicúrea buscaba el placer y el bienestar individual.

De todas maneras, la ciudad era claramente no solamente capital de una nación, sino también de un culto idolátrico sumamente extendido. Los templos, las plazas y las calles estaban atiborradas de la superstición y el negocio de la adoración a múltiples deidades. Por esta razón, “mientras Pablo esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” (Hechos 17:1). Pablo no dejó su costumbre habitual de asistir a la sinagoga para evangelizar a sus hermanos judíos, anunciando del Cristo profético; pero también se abocó a asistir a las plazas públicas para anunciar el Cristo como centro verdadero, único y sustentador de todo (Hechos 17:2). Esto no tardó en llamar la atención de los filósofos, quienes en su afán por escuchar al novedoso de lo cual debatir, trajeron a Pablo al Areópago. El Areópago griego era la sede del Consejo, un grupo conformado por la aristocracia o antigua nobleza, que llegaron a poseer tal influencia que gobernaron en lugar del rey. Este tribunal controlaba a los magistrados, interpretaba las leyes y juzgaba a los homicidas. Desde el Areópago se controlaba el ágora de Atenas, el cual era el centro de la actividad política, administrativa, comercial y social de la antigua Grecia.

Pablo se encontraba ahora en un punto sumamente clave para la predicación del evangelio en el corazón mismo de Grecia. A continuación, Pablo hablaría unas palabras que no sólo quedaron registradas en las páginas de la Biblia, sino también en una placa de bronce que se encuentra el día de hoy en el lugar, en conmemoración del hecho. Y comienza con esta frase:

 

“Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos” (Hechos 17:22)

 

Es por demás evidente que los filósofos en cuestión eran más bien de carácter estoico, pues los epicúreos, si bien creían en las deidades, no tomaban consideración por ellas, ya que creían que ellas no tomaban consideración por la humanidad. Aunque esta situación sucede en una tierra lejana para nosotros, en un tiempo muy antiguo, tal condición religiosa parece extender sus ramas y sus raíces a través de la historia, llegando a tocar nuestra misma condición de creyentes. Fue a través de la vista que Pablo descubrió la religiosidad de estas personas, y tal vez nosotros podamos caer en la misma situación, en la cual demostramos una latente religiosidad en cuanto a lo que demostramos físicamente en nuestra apariencia, posesiones y actividades. Parecemos “muy cristianos” actuando como tales, pero pudiera haber un problema muy importante latiendo en el interior de una vida, en apariencia, consagrada al servicio de Dios. Y esto lo expone Pablo en las siguientes palabras:

 

“porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.” (Hechos 17:23)

 

Este es un ejemplo que trasciende los límites del tiempo y la región, pues no afecta a nosotros tanto como a aquéllos. “AL DIOS NO CONOCIDO”, rezaba ese altar, erigido para un ser sin rostro, sin voz y sin personalidad, pero con una indubitable existencia. Un dios presente de manera implícita porque los efectos de su existencia son manifiestos, pero ausente en cuanto al conocimiento que se tiene de Él. Sería un absurdo que un cristiano negara la existencia de Dios; su existencia no es un problema. La verdadera crisis del cristiano se traduce en la manifestación de la existencia de Dios, que da plena certidumbre de fe. No es necesario dejar de venir a la iglesia para ser ateo; basta con mostrar un estilo de vida que refleje su ausencia. Buscamos dentro de nuestros corazones, en nuestros pensamientos, en nuestros planes, en nuestros hogares, y hay ocasionalmente un altar que reza: “AL DIOS NO CONOCIDO”. Pero Él no está allí. Podemos buscar incansablemente como la sulamita de Cantar de los cantares:

 

“Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; lo busqué, y no lo hallé. Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad; por las calles y por las plazas buscaré al que ama mi alma; lo busqué, y no lo hallé. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?” (Cantares 3:1-3)

 

¿Dónde está Dios en nuestras vidas? ¿Será que nos hemos dado por resueltos que hayamos erigido altares a su Presencia, aunque no le conozcamos realmente? Que nuestro corazón sea un altar para Él es una de las iniciativas más nobles, sin duda, pero si desconocemos al Dios al cual elevamos este altar, sería como arrojar flechas al vacío o puñetazos al aire. ¿Dónde está Dios? Y, lo más importante, ¿quién es Él?

La palabra “gloria” aparece 398 veces en la Biblia. Muy escasas veces no habla de Dios (la gloria de Sion, la gloria de los reyes). Es más que evidente que la Biblia tiene un propósito al cual apunta constantemente, pero diversos acontecimientos mundiales han afectado negativamente nuestra perspectiva, video el mensaje de este sagrado libro apuntando al ser humano. La Biblia constantemente deja en claro que todo propósito de toda circunstancia, mensaje, enseñanza, situación, acontecimiento y sugerencia, apuntan a dar gloria a Dios, a ponerlo en el centro de todo debate y de toda adoración. Así como esa canción que dice: “Jesús, tú eres la persona más importante de este lugar”, así también la Biblia pone a Cristo como la manifestación de los símbolos del Antiguo testamento, el fundamento del nuevo pacto, la revelación de las profecías y la esperanza de toda criatura viviente. Por si fuera poco, las mismas palabras de Jesús dan testimonio de la centralidad de Dios en todo y en todos, definiéndolo como la vida eterna misma:

 

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)

 

Desde el tiempo del Renacimiento, la iglesia romana sometió a la ciencia a una alienación total, poniendo condenatorias etiquetas de herejía, apostasía y rebeldía a todo ápice de luz que los descubrimientos científicos arrojaban sobre el avance de la humanidad. La comunidad científica se alejó con total naturalidad del monopolio religioso romano, quitando a Dios del centro de toda consideración y ubicando al hombre como el corazón de toda ciencia y conocimiento. El Renacimiento es la era del antropocentrismo. Este pensamiento hizo raíz de una manera intensa y voraz sobre la cultura moderna y postmoderna, inculcando aún hasta nuestros días la centralidad del ser humano en el universo y la razón de todas las cosas.

El problema radica en el cumplimiento de las palabras de Jesús al decir:

 

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:5)

 

Desde la creación del ser humano, Dios ha buscado reconciliarse con Él, y “todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.” (Eclesiastés 3:11) Esa falta de entendimiento se da naturalmente por la complejidad y grandeza de lo que Dios ha hecho, pero en su búsqueda, seguramente por causa de líderes conducidos por herejía y error, han abandonado el camino que lleva a Dios, encontrándolo en cada célula y galaxia del universo, pero buscando caminos alternativos a su existencia.

No es de extrañar que, en la sociedad actual, forjada por estas corrientes de pensamiento, Dios como persona y ni siquiera su concepto, ocupa un lugar como referencia de razón y estudio. Pero el síntoma que realmente nos ocupa y preocupa es que gran parte de la sociedad cristiana tiene acercamientos constantes a Dios, pero no manifiesta conocerle realmente, dejando en evidencia su adoración al Dios no conocido.

En ese contexto, Jesús nos hace la misma pregunta que le hizo a sus discípulos en tiempos de antaño:

 

“Aconteció que mientras Jesús oraba aparte, estaban con él los discípulos; y les preguntó, diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado. Él les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios.” (Lucas 9:18-20)

Leer

Francisco Ibañez

Clic en los tres puntos para descargar