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Fe es movimiento

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Prestar atención a los detalles
 

Cuando leemos la Biblia o algunos versículos en redes sociales, regularmente podemos pasar por alto algunas palabras que conectan ideas. Un claro ejemplo de esto es uno de los versículos más conocidos de la Biblia: Juan 3:16. Solemos citarlo como “De tal manera amó Dios al mundo…”, cuando en realidad comienza diciendo: “Porque de tal manera…” Así que lo que vemos como un versículo aislado con una poderosa verdad central es en realidad un concepto destilado de una situación anterior, de una explicación que Jesús estaba dando a Nicodemo. De manera que Jesús habla previamente de diferentes conceptos acerca de nacer de nuevo, de entrar al Reino de los cielos, del nacimiento como obra de Dios, y al final concluye, y, de hecho, lo hace dos veces, con esta frase: “porque de tal manera…”

Así mismo sucede con el comienzo de un capítulo de la Biblia muy conocido que va a ser el texto central de este mensaje: Hebreos 11. Al mencionar este capítulo, los que ya hayan alcanzado un conocimiento mínimo de las Escrituras sabrá que hablamos del concepto de la fe.

 

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1)

 

Antes de proceder a la definición de fe, debemos prestar especial atención a la palabra “pues” que antecede. “Pues” es una palabra que habla de un resultado de una exposición anterior, de un proceso de pensamiento y experiencia que invoca como resultado final una definición a modo de conclusión. Así que no tenemos más opción que observar el capítulo 10 para entender por qué el autor concluye con la definición de fe.

 

El contexto de la carta a los hebreos
 

La carta a la que hacemos referencia fue escrita anónimamente para el pueblo hebreo. Las demás cartas, que incluyen las escritas por Pablo y las cartas universales, están dirigidas a los efesios, los corintios, los romanos, los filipenses, los gálatas, y demás pueblos gentiles, es decir, no judíos. La carta a los hebreos sí fue escrita para el antiguo pueblo de Dios, por lo que el mensaje va a ser transmitido de otra manera. El pueblo judío conocía a Yahvé, el antiguo pacto, la vida en el desierto, el tabernáculo, el templo de Salomón, los sacrificios animales y vegetales, y muchos elementos más con los cuales los gentiles no estaban familiarizados. El autor de la carta a los hebreos se propone, entonces, explicar todos esos simbolismos antiguos, y cómo cada persona y elemento de la antigüedad ahora tienen un significado espiritual en la obra de Cristo, incluyendo el sacrificio, el sacerdocio y los elementos del templo. La ley también es explicada en perspectiva del nuevo pacto.

Al momento de escribirse esta carta muchos de los judíos que habían recibido el mensaje de Cristo comenzaron a sufrir persecución. Esto ocasionó que muchos quisieran volver a los rituales y costumbres antiguas judaicas para evitar tal hostigamiento. Uno de los propósitos de la carta es alentar a estos nuevos creyentes a permanecer en la gracia de Cristo, por lo que enfatiza la deidad y potestad de éste, el cual es el reflejo de todos esos ritos y simbolismos, pero con un poder espiritual real. Cristo es superior a toda religión, y esa superioridad trasciende aún a la misma creación.

Fue este espíritu de ánimo infringido a los creyentes perseguidos que creó el ambiente propicio para tratar el tema de la fe. La fe fue un tema abordado no a un grupo pasivo y tranquilo, como una virtud de comodidad, sino como una habilitación preponderante para permanecer en el camino de la gracia y la lucha por la verdad. La fe fue un estandarte levantado en nombre de Jesús que ondeaba con las fuertes corrientes de los vientos contrarios de la persecución y el descrédito de grupos farisaicos e imperiales. Ahora sí podemos proceder al capítulo 11 de la carta a los hebreos.

 

La definición de fe
 

La conocida descripción del concepto de fe es la siguiente:

 

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1)

 

Ese “pues” colocado al principio de la premisa coloca a la definición de fe como resultado del análisis de una situación; como una respuesta al interrogante que envuelve al propósito del hostigamiento religioso y secular sobre los nuevos creyentes judíos. Ante el temor de la circunstancia y el interés por volver a las costumbres legales del antiguo pacto, el autor de la carta habla de la fe, define a la fe, y propone a la fe como fuerza motriz para seguir el paso sin detenerse. También se refleja el concepto de la fe como la bandera de muchas personas que dieron buen testimonio en el pasado y cuyos nombres fueron registrados para salvación y ejemplo.

Este versículo reúne las virtudes de la fe en dos conceptos elementales: la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.

 

La certeza de lo que se espera
 

Al mencionar el término “certeza”, recordamos aquellos deportes de tiro al blanco, donde hay un sector muy pequeño de éxito al arrojar un dardo, por ejemplo, y una gran zona de error. Atinar al blanco resulta una tarea difícil, pero a la vez invita a un desafío donde hay que participar y ser un agente activo para lograr el éxito. La certeza es dar justo en el blanco. Atinar es difícil y errar al blanco es más fácil, pero algo peor es no participar. Cualquiera que no integra el grupo participante nunca recibirá ningún tipo de premio o coronación, ni segundos, terceros o cuartos lugares; simplemente no pertenece a la competencia.

La Biblia define al pecado como “errar al blanco”, por lo que buscar dar en el lugar correcto implica estar buscando la voluntad de Dios. Aunque muchas veces el tiro no dé en el espacio indicado y cometamos pecados, estaremos siendo partícipes de la competencia.

¿Qué es “lo que se espera”? En el Antiguo Testamento, las personas que invocaban a Dios y ponían su fe en el Todopoderoso no alcanzaban la salvación inmediata por causa de que sus pecados no serían redimidos hasta la venida del Redentor. Solamente la Sangre de Cristo permite la entrada al Reino de los Cielos. Así que, ¿cómo podía una persona del antiguo pacto alcanzar la salvación de su alma si aún Cristo no se había manifestado para salvación a la tierra? En esos casos, la fe de todos ellos era, por decir de alguna manera, anotado en los cielos, en los registros de Dios. Un ejemplo de esto fue la fe de Abraham. Cuando Dios le promete a Abraham una descendencia, éste le cree el Señor de todo corazón, y esa fe le fue contada por justicia (Génesis 15:6). Romanos 4 explica que Abraham no fue salvo por sus obras, sino por su fe, y que esa fe le fue contada por justicia. Esto significa que, en el momento de la redención de los creyentes, en la manifestación del Hijo de Dios como salvador del mundo, el nombre de Abraham había sido registrado y tomado en cuenta para salvación, de modo que su fe fue un depósito anterior para que más adelante fuera recogida para salvación. Por lo tanto, “lo que se espera” en el contexto de la carta a los hebreos, es la salvación del alma y el depósito que se realiza de la fe; y es lo mismo que espera todo creyente hoy en día. Todo cristiano espera la venida de Cristo y que en ese momento sea manifestado que la fe que se tuvo fue cierta, puesto en evidencia el irse con el Señor.

En conclusión, con este punto, una de las perspectivas de la fe es verla como un tiro que se da en el blanco con total certeza, y ese blanco es la esperanza de la salvación puesta en evidencia en la venida de Cristo por su iglesia. Implica, por lo tanto, participación y actividad; no para alcanzar salvación por obras, sino por manifestar mediante las obras que hay una fe genuina y valedera en los corazones que da un impulso inequívoco para cumplir la voluntad de Dios permanentemente.

 

La convicción de lo que no se ve
 

En contraste con los rituales del antiguo pacto, la fe invita a caminar sin simbolismos por delante que se puedan ver o tocar. Durante la travesía en el desierto, y aun desde la habitación en Egipto, los israelitas pudieron observar la manifestación del poder de Dios mediante las plagas, la columna de humo y de fuego, el mar dividido, la nube y el sonido de trompeta sobre el monte Sinaí, el maná en el desierto, la estructura del tabernáculo, los utensilios, las cortinas, las telas, las pieles, el altar del incienso, el arca de la alianza, los querubines, las vestiduras sacerdotales, los sacrificios animales y vegetales, las ofrendas, las fiestas anuales, la división del río Jordán, las murallas de Jericó, y muchos escenarios más donde el pueblo pudo ver la mano de Dios; ser testigos con sus ojos. Todo esto traería convencimiento al pueblo que Dios estaba con ellos y procuraba su salvación. Empero, el pueblo fue reticente a creer en demasiadas ocasiones, desde Egipto hasta el cautiverio. No fue, entonces, todo el despliegue del poder de Dios visible lo que alimentó a la fe. La fe de ellos se fue apagando en proporción con su desconocimiento de la Palabra de Dios, llegando a su punto culminante en el tiempo del cautiverio cuando Dios dice a través del profeta Oseas: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.” (Oseas 4:6) El juicio de Dios sobre la nación de Israel fue porque se olvidaron de su Dios y su ley: “Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra.” (Oseas 4:1). Ya Dios demostró que los sacrificios no eran valorados por el pueblo como el conocimiento: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.” (Oseas 6:6)

Los sacrificios tenían la función específica de simbolizar físicamente algo que ocurría espiritualmente: la cobertura de pecados. Cuando las personas traían sus animales para el sacrificio delante del sacerdote, se imputaban los pecados de quien ofrendaba al animal inocente, y luego éste moría por causa de los mismos. Físicamente sólo se veía un sacrificio animal, pero espiritualmente está sucediendo una cobertura de pecado. La carta a los hebreos es muy clara al decir que “la sangre de toros y de los machos cabríos no puede quitar pecados” (Hebreos 10:4), y que en el nuevo pacto “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Cristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10).

La convicción de lo que no se ve es la seguridad intelectual que en una dimensión humanamente invisible está sucediendo algo trascendental, de carácter espiritual y verdadero; tan cierto como lo que se ve físicamente. Si bien esto podría ser una concepción alienada algunas décadas atrás, hoy en día no es nada extraño saber que fuera del registro foto receptor del ojo humano se encuentra toda una vasta área invisible pero real, como el electromagnetismo, la luz ultravioleta, la luz infrarroja, los rayos gamma; y de igual manera sucede con otros sentidos como el oído. Por lo tanto, es un claro error concebir el concepto de verdad desde la perspectiva y juicio de los sentidos humanos, los cuales no pueden percibir gran parte de la naturaleza física que nos rodea. Asimismo, la Biblia menciona la carne humana totalmente incapaz de percibir lo espiritual.

 

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (1 Corintios 2:14)

 

La fe es movimiento
 

Hebreos 11 da una lista algo extensa de personas que fueron protagonistas de la historia bíblica y que fueron identificados por el concepto de la fe. Al leer los versículos y conocer las historias, resulta que la concepción de la fe por parte de la humanidad postmoderna difiere en gran medida de la definición de fe de la Biblia.

Cuando se habla de fe se aborda el concepto desde un punto de vista pasivo. Representa simplemente una dimensión invisible y estática, de algún ser o grupo de seres sentados en tronos en lo alto, o diferentes figuras heroicas pasadas, recibiendo la consideración de la humanidad. Todos creen en algo, ese algo está allí, y eso es todo. Se considera el aspecto laboral o escolar como una actividad que demanda movimiento, dedicación, esfuerzo y todo ello sostenido en el tiempo, pero la fe queda como un papel colgado en un mural por un alfiler, que simplemente está allí para suplir una necesidad mínima del ser humano: creer. En muchos hogares podemos ver esto representado en cintas rojas, vasos con agua, ramas de olivo, estatuas de toda forma y tamaño, pulseras, collares, y demás elementos que físicamente intentan hablar de fe. La fe no se mueve, no actúa, no hace… simplemente es algo que es.

El autor de esta carta aborda el concepto de la fe de manera totalmente distinta, puesto que inicia la mención de cada personaje con la frase “por la fe”. La fe se presenta como el causante de una historia, la fuerza motriz de los sucesos, el punto de partida para las grandes hazañas, la protagonista de toda circunstancia donde Dios ha manifestado su gloria a través de siervos y siervas que guardaron su testimonio y batallaron por la verdad. La fe es movimiento.

 

Los héroes de la fe
 

Hebreos 11:2 sienta una base muy importante al definir la fe, mencionando que “por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos”.  El testimonio es algo de lo que se habla mucho en las iglesias y se presenta mayormente como la historia de la conversión a Cristo y la llegada a la iglesia. Se habla del testimonio mencionando a la persona que llevó en mensaje de salvación, a la primera asistencia a la iglesia y a las primera batallas del nuevo creyente especialmente con la familia. Si bien eso es correcto, también está incompleto, puesto que el testimonio continúa hasta el último hálito de vida del cristiano. “Los antiguos” de los que habla este versículo no habla de nuevos creyentes, sino de personas que ya eran pueblo de Dios, pero que avanzaron en el camino de la voluntad del Padre con la fuerza de la fe y sentaron las bases de la historia que les seguiría por delante. Todos ellos dejaron una huella bien marcada en el pasado de modo que hoy se los recuerda como héroes y heroínas, como próceres que, aunque no se han erigido monumentos a sus personas, sirven de apoyo, consuelo y esperanza a quienes mantienen luchas hoy en día por la fe.

Así que todo cristiano debe considerar la fe como un aspecto fundamental en la vida, no como un concepto de “creer en algo” sino creer por algo; ir en pos de un objetivo, con una visión alimentada por la fe y como motor de una acción. La fe es movimiento. Las personas que nos rodean, creyentes o no, están observando nuestra vida y cómo permanecemos en el camino de servir a Dios. La fe, es decir, creer en un Dios todopoderoso que tiene control de toda situación y que mantiene sus promesas vigentes y activas, da la fuerza necesaria para seguir caminando y luchando, y los demás podrán ser testigos de cómo la fe ha mantenido en pie al que cree, porque “al que cree, todo es posible” (Marcos 9:23).

La baja autoestima sólo dará testimonio de fragilidad y fracaso, y aún peor, dará testimonio de un Dios diferente, débil, lejano, ajeno a todo sufrimiento, indiferente a las luchas personales. Un cristiano que se ve derrotado da testimonio de un Dios que no lo ha sostenido. Pasar momentos de tristeza o dolor es normal, y a veces necesario, pero la forma en que la fe levanta al caído da una muestra veraz a todo testigo que Dios es poderoso para levantar y restaurar a quien ha puesto su confianza en Él. Mantener la fe no sólo fortalece al creyente, sino que también da testimonio al incrédulo y al nuevo creyente. Por la fe damos testimonio de tener un Dios invencible.

Tener fe es transitar un camino difícil, pero a la vez un llamado a la victoria. En medio de la lista de valientes de la fe, que comienza en el versículo 4 y termina en el 33, se detiene un momento en versículo 6, diciendo:

 

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6)

 

La fe es un camino al agrado de Dios, a la fuente de sus favores. Dios premia a aquellos que le buscan, y el método es la fe. Creer no es un aspecto religioso de la vida, sino una fuerza motriz de una vida poderosa que se abre paso en medio de las tinieblas de este siglo, llevando la antorcha del evangelio, sostenido por la fe en el poder del Todopoderoso que actúa poderosamente en el corazón creyente (Colosenses 1:24-29). El Señor nos llama a ser héroes de la fe.

 

“[…] por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección.  Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.” (Hebreos 11:33-38)

 

Cómo tener fe
 

La Biblia es muy clara al respecto: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Romanos 10:17) El tener fe es algo que los discípulos comprendieron cuando la vieron en acción.

 

“Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería.” (Lucas 17:5-6)

 

La fe es una invitación a la acción; es para hacer cosas. No representa una etiqueta en una de las áreas de la vida, el área de la fe. La fe mueve montañas y sicómoros, sirve para recibir al Señor y andar en Él (Colosenses 2:6), para agradar a Dios (Hebreos 11:6), para ser justificados delante de Dios (Romanos 5:1), como escudo contra satanás (Efesios 6:16; 1 Pedro 5:9), para conocer la gracia de Dios y ser salvos (Efesios 2:8), para servir a Dios y hacer buenas obras (Santiago 2:17; Efesios 2:10), para alcanzar las promesas de Dios (Santiago 1:5-6; Hebreos 11:33), para vencer al mundo (1 Juan 5:4), para distinguir a los falsos hermanos (1 Timoteo 4:1), para ser edificados (Judas 20).

Un síntoma de la ausencia de la fe es la disminución del movimiento. Cuando la vida cristiana se convierte en una existencia sin color, sin movimiento, sin avances significativos ni objetivos que impulsen con motivación al creyente, es una clara evidencia que la fe ha comenzado a menguar. La fe y las obras van de la mano. La fe sin obras es muerta (Santiago 2:17), lo que significa que las obras dan testimonio de que hay una fe residente en el alma real y funcional.

 

“Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.” (Santiago 2:18-19)

 

Si lo que se pretende es crecer y avanzar en la vida como creyentes, y tener una vida cristiana activa, eficaz y llena de color, es menester tener fe (Marcos 11:22). Para tener fe es fundamental conocer, leer, escuchar y estudiar la voz de Dios, la Biblia (Romanos 10:17), y para acercarnos a la Biblia correctamente, debemos tener una relación constante con el trono del Padre, la compañía de Jesús y la iluminación del Espíritu Santo. En conclusión, alimentamos y hacemos crecer la fe con una relación sin interrupciones con Dios en su plenitud.

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Francisco Ibañez

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