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Los caminos del hombre

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Concepto central

 

El poder de nuestras decisiones. Cada etapa de nuestras vidas está marcada por las decisiones que tomamos, así como el impacto en el destino eterno.

 

Introducción

 

En la historia de “Los 7 magníficos”, el personaje de Vin recuerda una historia que le contaron acerca de un hombre que cayó de un edificio. Mientras caía, cada vez que pasaba un piso, decía: “Hasta aquí vamos bien”.

Si bien esta historia evoca un momento de ficción, suele ser una realidad demasiado común en nuestra sociedad, sin excluir a la iglesia cristiana. Muchos de nosotros vamos avanzando en la vida tomando diferentes decisiones, y podemos llegar a pensar: “Hasta aquí vamos bien”, pero no pensamos realmente la dirección que estamos llevando. ¿Estamos avanzando o estaremos cayendo? Todo se resume en nuestras decisiones.

 

Filosofía del término

 

El diccionario define “decisión” como “Determinación definitiva adoptada en un asunto” y “Firmeza, seguridad o determinación con que se hace una cosa”. Por lo tanto, pensamos en esta palabra en términos de solidez emocional; una determinación inequívoca que no negocia diferentes fines.

Por eso se llama “indecisa” a una persona que no determina sus decisiones. Sin embargo, las decisiones, vistas de este modo, no suelen ser un método corriente de vida; no es natural al ser humano ser decidido. Si consideramos lo costoso que puede ser tomar decisiones tan simples como lo que vamos a cenar, la ropa que usaremos en la reunión, y los muchos minutos que avanzamos haciendo zapping en la TV; ¿podremos decidir con firmeza, libres de dudas, las acciones que tomaremos de aquí a varios años, de manera que impacten nuestro futuro y el de nuestra descendencia?

Las decisiones son caminos, y los caminos se crean, se destruyen y mutan todo el tiempo. Las decisiones tanto grupales como individuales tienen indiscutiblemente un “efecto mariposa”. Edward Norton Lorenz, un matemático y meteorólogo estadounidense del siglo XX, propuso un concepto de la teoría del caos que él mismo denominó “efecto mariposa”, el cual propone que cualquier discrepancia entre dos situaciones con una variación inicial muy pequeña, resultará con el tiempo en dos situaciones muy diferentes.

Por lo tanto, podemos suponer que, con el tiempo, cada uno de nosotros es el producto de decisiones, tanto nuestras como ajenas, sumado a situaciones eventuales. Si las decisiones que tomamos causan un impacto en nosotros y en los demás, y no son actos aislados de la voluntad, no podemos ignorar la importancia de las mismas, y el peso que adquieren en el resultado final de nuestra existencia.

Allá por el 1600, William Shakespeare escribía un soliloquio en su obra Hamlet, que reza “Ser o no ser… esa es la cuestión… ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte nos embaraza de dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan?... Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos.”

Decisiones. Algo tan difícil como necesario. Y las decisiones surgen en las bifurcaciones de la vida. Cada vez que se presentan dos o más opciones, somos forzados a decidir o a “no ser”, según Hamlet. Si pudiéramos enfrentar esas bifurcaciones sabiendo el impacto final que tendrán nuestras decisiones, pienso que elegiríamos caminos más correctos y, por lo tanto, más responsables.

 

Momentos críticos en la Biblia

 

Definimos como “momento crítico” aquella bifurcación de la vida donde sólo una decisión en un solo momento puede acaecer en un impacto muy importante. Momentos como este abundan en la Palabra de Dios y nos dan la ilustración necesaria para que nosotros mismo reflexiones acerca de lo importante que es decidir de una manera u otra, y el temor que viene sobre tal efecto.

Josué, al momento de su partida de este mundo, pide al pueblo que decidan, que elijan un camino únicamente, con Dios de un lado y los dioses de los amorreos del otro. Esa decisión impactaría sustancialmente a toda la nación. Aunque el pueblo juró seguir y obedecer a Dios, no pasó mucho tiempo para sacar a la luz su verdadera decisión: ser idólatras. Esto sólo trajo calamidades al pueblo israelita en Canaán.

Abraham tuvo que tomar una decisión entre el desierto y los verdes pastos de la cercanía de Sodoma. Lot tomó una decisión y Abraham otra, y el final fue evidente en ambos casos.

Rut y Orfa tenían que tomar una decisión ante la partida de su suegra Noemí. Las dos decidieron diferente y tales fueron sus resultados: una fue olvidada en la historia y la otra fue un antepasado del rey David y del mismo Jesús.

Mencionando al rey David, en los tiempos en que aún no lo era y reinaba Saúl, tuvo la oportunidad de quitarle la vida a este hombre. Fue una decisión de un momento que daría a luz dos líneas históricas muy diferentes. Por su decisión, David fue considerado un varón conforme al corazón de Dios.

Asimismo, Daniel se propuso no contaminarse con la comida del rey Nabucodonosor, Ester decidió presentarse delante del rey arriesgando su vida en pos de la salud del pueblo judío, Leví (Mateo) decidió seguir a Jesús en respuesta a su llamado, Marta trabajaba en la casa mientras que María decidió escuchar al Maestro, Zaqueo decidió devolver lo que había robado y buscó la salvación de su alma.

El Hijo de Dios decidió dejar su morada celestial para entregar su vida por nosotros, los pecadores.

Son decisiones importantes que en su momento quizá no parecieron tanto. Nadie le dijo a Rut quién saldría de su descendencia. Nadie le dijo a Daniel o a sus tres amigos que sobrevivirían a sus decisiones. Fueron acciones individuales y momentáneas, pero que impactaron en la eternidad. Decisiones.

¿Nos atreveríamos a asegurar que las decisiones no son importantes, o que sólo algunas de ellas lo son? ¿Podríamos decir con total certeza que las palabras que dijimos y las que callamos, que las ocasiones que ayudamos y las que evitamos una situación que nos demandaba, que los que hacemos y decimos por grande o pequeño que parezca, no es importante para nuestro futuro y el de quienes no sabemos? La vida es un campo minado de buenos y malos resultados, y la mayor parte del tiempo caminamos a ciegas.

Ante la fatuidad de tales aseveraciones, la Biblia arroja luz clara y precisa en la vida del ser humano, y en su capacidad de decidir.

 

La necesidad y la urgencia de decidir sabiamente

 

Los tiempos que vivimos son muy difíciles en términos de integridad espiritual. La fe del pueblo de Dios ha sido puesta a prueba de diversas maneras, en diferentes tiempos y en diferentes contextos sociales. Pero hay un patrón consistente en las diferentes edades de este pueblo, el cual muestra dos etapas muy claras: la presión exterior y la interior.

La presión exterior ha sido, por decirlo de alguna manera, más obvia, más evidente, y se manifestó mediante guerras y batallas épicas, espadas, armas, escudos, estrategias militares, pueblos vecinos y tierras por conquistar. El pueblo tuvo victorias mediante el poder bélico, y por el mismo poder ha sido llevado cautivo. En el tiempo del Nuevo testamento, el pueblo de Dios estaba bajo dominio del imperio romano y esperaban la manifestación de un rey que venciera a este imperio mediante el poder de las armas. En los tiempos de la iglesia primitiva, el imperio romano ejerció presión a los llamados cristianos mediante la persecución y la tortura. Desde el siglo 14 en adelante, los tiempos de las reformas no fueron mejores para los cristianos, que sufrieron persecución, tortura, mutilaciones, y más.

El pueblo de Dios nunca dejó de crecer y expandirse a todos los puntos geográficos, a todos los estratos sociales y a todos los niveles de pensamiento.

Pero la presión más peligrosa que afectó, y seriamente, al pueblo cristiano fue la presión interna. Mientras el pueblo de Dios permanecía en su tierra, lejos del poder de los pueblos enemigos, un mal interior surge y se expande: la duda, el temor, la murmuración, los cuestionamientos irracionales. En los tiempos de la conquista de Canaán, los pueblos vecinos no lograron vencer al pueblo de Dios mediante las armas, pero sí mediante los consejos y las opiniones, los razonamientos adyacentes a la Palabra de Dios, las acotaciones a las órdenes antiguas. Lo mismo sucedía en los tiempos del Nuevo testamento, porque al llegar Jesús a la tierra no se encontró con el pueblo judío de la antigüedad, sino con uno influenciado en extremo, dividido en escuelas de pensamiento.

Tal efecto llega hasta nuestros días. Las persecuciones ya no son con armas y mutilaciones, pero sí con una presión interna desde el nivel de los valores humanos, los principios de vida y los conceptos inculcados del bien y el mal. Hoy en día, tomar decisiones supone todo un reto porque estamos permanentemente influenciados por esta presión. Todo lo que decimos y hacemos tiene el tinte de la sociedad, tiene la idiosincrasia como un fundamento de virtud.

Por lo tanto, al pensar en decisiones sabias, debemos considerar cuál es esa sabiduría, qué es lo que consideramos como una decisión bien tomada y qué pretendemos ver como un buen resultado a esa decisión.

El mundo está dividido permanentemente, y las ideas se reparten entre el pueblo, donde el consenso es un ideal utópico. Los que vamos a estudiar, con quién vamos a casarnos y a la edad que lo haremos, si se debería legalizar el aborto y el matrimonio homosexual, si la Biblia es para nuestros días y nuestra sociedad, los pensadores filosóficos que nos afectan, dónde vamos a invertir y si obtendremos ganancias, las amistades que nos rodearán, la vigencia de los consejos de padres y ancianos… Cada día se agolpan cientos de bifurcaciones de vida y momentos críticos donde debemos necesaria y obligatoriamente tomar decisiones; y esas decisiones invocarán un fin, un resultado.

La pregunta es: ¿nos prepara la Biblia para esos momentos críticos?

 

El poder de decidir

 

Dios ha dado al ser humano una de las habilidades más extraordinarias para un ser vivo: el libre albedrío. La capacidad y el poder de decidir se conforman como una virtud para nosotros, y sea que administremos bien o mal esta habilidad, es una capacidad inherente, nuestra, y regalada por Dios.

 

“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” (Gn. 2:16-17)

 

Desde el inicio de la historia, Dios dejó a las personas decidir para sustentar su justicia. ¿Qué virtud habría en servir a Dios si no hubiera opción? ¿Cómo sería Él un Dios justo si no pode delante de nosotros, seres pensantes y con libre albedrío, al menos dos caminos para elegir? Podemos y debemos decidir, y es una exigencia de parte de Dios.

“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Dt. 30:19)

Por esto, David podía decir con total libertad de espíritu: “Voluntariamente sacrificaré a ti; alabaré tu nombre, oh Jehová, porque es bueno.” (Sal. 54:6)

 

La sabiduría para decidir

 

Tomar una buena decisión es dar justo en el blanco. Pero, ¿cómo sabemos qué es una buena decisión? ¿Cómo podemos interpretar que hemos decidido bien? No tenemos mejor pauta de lo bueno y lo malo que la misma Palabra de Dios.

 

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” (Fil. 4:8)

 

Este texto nos da una pauta fundamental, una plataforma donde asentarnos para dar un primer paso: la meditación. Lejos de los conceptos de las filosofías orientales que consideran la meditación como un vaciamiento mental, la meditación cristiana es un llamado a absorber todo lo bueno con lo que Dios nos ha rodeado. Esta meditación nos permite aprender, observar, digerir diferentes situaciones y entonar el espíritu con cada eventualidad. La meditación es el cálculo, la medición, el control de los recursos de los que disponemos, la discriminación de los diferentes elementos de la vida y la calidad de las virtudes de las personas y las situaciones.

 

“El corazón del justo piensa para responder; Mas la boca de los impíos derrama malas cosas.” (Pr. 15:28)

 

La prisa para actuar no es propia de las personas sabias, sino más bien la acción premeditada. Dios promete recompensa a aquellos que ponen su meditación en Él.

 

“Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre.” (Mal. 3:16)

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.” (Is. 26:3)

 

Una de las presiones que sufrimos como cristianos es que la sociedad de hoy ha olvidado a Dios y se ha unido al pensamiento de Nietzsche de que “Dios está muerto”. Por lo tanto, todas las decisiones se toman en base al pensamiento subjetivo, humano, limitado, sin considerar la fuente inagotable de sabiduría excelsa del Señor. Pero lo más lamentable, es que, como cristianos, aunque no lo confesemos, llegamos a actuar de forma atea. Viajamos, volvemos, compramos, vendemos, salimos, entramos, nos registramos, nos damos de baja, y muchas actividades más donde la oración al Dios altísimo está ausente, y sólo la hemos reservado a la hora del almuerzo o la cena. Después nos sorprenden las malas noticias y los malos resultado de nuestras acciones.

¿Cuánto tiempo estamos pensando en Dios? ¿Cuánta de nuestra mente hemos entregado a Él?

 

“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mt. 22:37)

 

La fuente de sabiduría

 

El epítome de la sabiduría la encontramos en la historia de Salomón, que siendo joven y teniendo un pueblo tan grande por conducir, tuvo el valor y la entereza de solicitar sabiduría a Dios.

 

“Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar.” (1 R. 4:29)

“Y todo Israel oyó aquel juicio que había dado el rey; y temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar.” (1 R. 3:28)

 

Entonces, ¿pediremos sabiduría a Dios tal como lo hizo Salomón? Ciertamente es una de las empresas más nobles que podamos decidir caminar. Pero hay una clara diferencia entre Salomón y nosotros: él no tenía la Biblia. Hoy tenemos en nuestras manos la revelación especial del Señor, donde ha dado indicaciones, leyes, consejos y testimonios para nuestra edificación y alimento a la sabiduría.

 

“Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.” (Dt. 30:14)

 

Inmediatamente seguido a este versículo, sigue Dios hablando a su pueblo a través de su siervo Moisés:

 

“Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Mas si tu corazón se apartare y no oyeres, y te dejares extraviar, y te inclinares a dioses ajenos y les sirvieres, yo os protesto hoy que de cierto pereceréis; no prolongaréis vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para entrar en posesión de ella. A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar.” (Dt. 30:15-20)

 

Este texto es muy claro y a la vez llama a la profunda reflexión al decir “Dios es la vida para ti”. Es muy común decirle “mi vida” a otra persona, cuando los lazos de amor nos han unido, pero, ¿podremos decir lo mismo de Dios? ¿Es Él la vida para nosotros? Cuando debemos tomar cualquier decisión, ¿traemos nuestra situación delante del altar de Dios esperando que en su misericordia guíe nuestros pasos e ilumine nuestro camino?

 

Aliados en el camino

 

Si bien Dios es la fuente de todo saber, y en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3), Dios ha puesto a nuestro alrededor personas que pueden alimentar satisfactoriamente nuestra habilidad para tomar decisiones.

 

“[…] Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto.” (2 Co. 13:1)

 

Se cuenta de una historia, real o no, tal vez, que a un hombre se le planteó la siguiente pregunta: “¿No se cansa usted de asistir a todas las

reuniones y escuchar los sermones que siempre hablan de Dios, de Jesús, de la Biblia, del Espíritu Santo, de la iglesia, y más? ¿Cuántos de esos sermones realmente recuerda?” Este hombre contestó de la siguiente manera: “Mi esposa es una gran cocinera, todos lo saben. Sus comidas y postres le ponen color a mi vida y me alegran siempre. Sin embargo, si me preguntan cuántas de sus comidas recuerdo en las décadas de matrimonio que llevamos, seguramente recuerde muy pocas. Empero, esto no le quita valor o sentido a ninguna de ellas, puesto que en todos estos años me han alimentado y fortalecido, para yo poder disfrutar de mi hogar y tener las energías para trabajar todos los días. Asimismo, no podría recordar absolutamente todos los sermones de la iglesia, pero sé que cada uno de ellos me habló, me educó, me formó y me ayudó a vivir todos estos años, y me han nutrido espiritualmente. Si hubiera faltado sólo uno de ellos, hubiera sido una semana muy difícil para mí.”

Las personas que nos rodean, hermanos y hermanas en diferentes ministerios, amigos que aman a Dios y nos aman a nosotros, aportan diariamente gotas de sabiduría y amor en las vasijas de nuestros corazones. A veces Dios nos habla directamente, pero a veces usa a otras personas, para rodearnos de su luz.

 

“El atribulado es consolado por su compañero; aun aquel que abandona el temor del Omnipotente.” (Job 6:14)

“Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante.” (Ec. 4:10)

 

El mal camino

 

Una de las condiciones más tristes del ser humano es la de haber tomado malas decisiones y no poder volver a tomarlas.

La historia que hemos dejado atrás es un camino donde nuestras huellas quedarán para siempre. Hallamos decidido bien o mal, nada cambiará sin importar lo que hagamos hoy. Por eso la Biblia advierte a los mayores:

 

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Pr. 22:6)

 

Es que el tiempo pasa, avanza sin preguntar, y ante las bifurcaciones de la vida se nos demanda una decisión que no podemos eludir o postergar. Si no contamos con la sabiduría de Dios en nosotros a través de su Palabra, caeremos en el error más frecuentemente de lo que pensamos porque andaremos a ciegas.

Siempre hay una oportunidad nueva para volver a elegir, para hablar o callar, para actuar o detenerse. Salomón lo dice así:

 

“Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.” (Ec. 3:2-8)

 

Nuevo tiempo

 

Es triste recordar malas decisiones que hemos tomado y pensamos que nuestra vida sería muy diferente su hubiéramos elegido distinto. Sin embargo, Dios nos llama a dejar el pasado detrás, mas no olvidar. El pasado nos recuerda cuánto tiempo hemos vivido sin Dios y las decisiones que hemos tomado sin pensar en Él. El pasado es la historia como testigo de nuestros errores y la necesidad de perdón que tenemos. Ahora Dios nos dice:

 

“De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Co. 5:17)

 

Y esa es la clave para encontrar refugio y alivio al peso de nuestras malas decisiones: estar en Cristo. Al pensar en todas las consecuencias de nuestros actos, Dios nos invita a mirar la cruz de Cristo y a Jesús crucificado, cargando ese peso de pecado sobre su cuerpo. Una nueva relación con Él nos invitará a transitar un nuevo camino, renovado, con mejores decisiones para alcanzar nuestros propósitos en Dios.

Leer (bosquejo)

Francisco Ibañez

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