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Reinos en guerra

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Introducción

 

Entre los años 400 y 320 a.C., el general chino Sun Tzu redactó el libro “El arte de la guerra”. Dentro de sus varias líneas, hay una muy interesante:

 

“Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no temas el resultado de cien batallas; si te conoces a ti mismo, pero no conoces al enemigo, por cada batalla ganada perderás otra; si no conoces al enemigo ni a ti mismo, perderás cada batalla.”

 

Más allá de la veracidad de este libro y cómo se aplique a la historia, esa frase nos trae a la realidad de que, como cristianos, vivimos batallas diariamente. Esto puede pasarse por alto si olvidamos que fuimos llamados a ser soldados de la fe, y pelear la buena batalla.

Ahora bien, no podemos hablar de batallas y guerras sin mencionar a los participantes implicados, las facetas que se enfrentan.

 

“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares.” (Mateo 24:7)

 

Los últimos tiempos de la humanidad, en vista del fin de los tiempos proféticos, se caracteriza por un intenso enfrentamiento. Anteriormente, los seres humanos se han enfrentado de muchas formas y con diversas expresiones bélicas, alimentados por el afán de adquirir más territorio, más personas y más recursos.

Sin embargo, la batalla actual no es con armamento militar primordialmente, sino una manifestación de principios de valor, emocionales, ideológicos e intelectuales. Y esto no debe sorprendernos, pues la Biblia ya nos advirtió la clase de batalla que se libraría.

 

Los reinos

 

A lo largo de la Biblia, podemos ver muchas batallas que se libran en pos de la libertad o la conquista. Si observamos el Antiguo Testamento, nos daremos cuenta que claramente son enfrentamientos de milicias literales, con armamento, capitanes, generales, ciudades fortificadas, soldados, y todos los elementos tangibles de las guerras.

Pero al desplazarnos al Nuevo Testamento, la interpretación bélica cambia, y los reinos implicados en las batallas son diferentes. Por un lado, vemos que, en su mayoría, se suele hablar del Reino de los cielos, y por otro, se habla del Reino de las tinieblas.

 

“La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él.” (Lucas 16:16)

 

El Reino de los Cielos

 

Comenzaremos por explicar algunos cuantos conceptos del Reino de los cielos. Mucho se ha tratado sobre este asunto, pero en su mayor parte se expresa como un “estado espiritual” o un éxtasis de vida. No muy seguido podemos escuchar o leer acerca de la manifestación de la gloria y los principios de Dios. El Reino de los cielos, por no poder ver un castillo, no es menos literal. Este Reino es real, existe, se mueve y está conformado por integrantes, y tiene un Rey.

 

“Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.” (Juan 18:36)

 

Hablar del Reino de los cielos a veces resulta extraño por el simple hecho de que no pertenece a este mundo. No es una ciudad fortificada por un muro, con un castillo interior, soldados y villas, que ocupan un determinado territorio en el planeta: ningún lugar en este mundo sería capaz de albergar un Reino tan grande y tan glorioso como el de Jesucristo.

Por eso, Jesús deja en claro que su Reino no es de aquí; es decir que no va a enfrentar al Reino de los cielos con el imperio romano porque nos son reinos de la misma clase. El Reino de los cielos no es material.

 

“porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.” (Romanos 14:17)

 

Así vamos descubriendo que este Reino ilumina a este mundo en tinieblas con una luz que viene de afuera, y trae principios que a los reinos de este mundo le faltan. El ser humano persiste en protestar y demandar de los gobiernos antiguos y actuales justicia, paz y gozo, cuando en realidad se encuentra reclamando a los reinos incorrectos. Un gobierno puede, en su mejor estado, proveer alimento, abrigo, trabajo y sostén económico a su pueblo, y esto no ha durado demasiado; pero jamás podrá proveer lo que el Reino sí puede de manera real, sincera y perpetua.

Esas cosas nos hacen desear ese Reino en nuestras vidas.

 

El Reino de las tinieblas
 

La frase “Reino de las tinieblas” no aparece en la Biblia. Sin embargo, hay versículos que indican que existe uno de manera implícita. Pero si nos atenemos a la Biblia de manera literal, veremos que la Biblia no menciona al reino de las tinieblas por una razón, tan sencilla como importante: las tinieblas no tienen un rey; y donde no hay rey, no hay reino.

Veamos uno de esos versículos:

 

“Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas, contra huestes de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12)

 

En este texto podemos ver que hay principados, potestades, gobernadores y ejércitos (huestes). Veamos cada uno de estos puestos políticos:

 

Principados

 

Es una forma de gobierno en la que el jefe de Estado es un príncipe. Éste gobernaba sobre pequeñas regiones que dependían de la metrópolis.

En el contexto del tiempo de Pablo, existía el principado del Alto Imperio romano, desde Octavio Augusto (27 a.C.) hasta la muerte de Alejandro Severo (235 d.C.). El título de principado era adjudicado al gobernador que recibía una serie de poderes sociales, políticos e intelectuales. Curiosamente, cuando Julio César, con título de principado sobre Roma, quiso proclamarse rey de Roma fue víctima de una conspiración del senado romano que lo condujo a su asesinato.

 

Potestades

 

Este es un término jurídico, aplicado a un grupo subordinado a una entidad superior. Las potestades implican tres principios: derecho, poder y deber. Derecho, porque puede ostentar su poder sobre ciertas personas para que cumplan su deber. Poder, porque puede hacer uso de la fuerza. Y deber, porque no puede rescindir de ese derecho.

 

Gobernadores

 

El gobernador es un funcionario administrativo, responsable de una región, provincia o dependencia. El gobernador romano no difiere mucho de los gobernadores provinciales que hoy conocemos. Ejercen su poder como representantes del poder superior, administran una región específica en lo tributario, jurídico y militar. El gobernador estaba a cargo de las legiones romanas.

 

Huestes

 

Esta es una palabra de uso militar que cayó en desuso en el siglo XVII. Se refería a la reunión de un conjunto de hombres armados y gente de guerra a las órdenes de un rey, noble o señor. Por eso se aclara aquí que las huestes son de maldad, pues pertenecen a este reino de tinieblas.

 

“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15)

 

En el campo de batalla
 

Ya hemos presentado a las dos facetas que, podríamos considerar, en batalla. Decimos “considerar” porque hay algunos mitos asimilados que debemos explicar, a fin de presentarnos en batalla de la mejor manera, en condiciones aptas y favorables.

 

“Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” (1 Corintios 4:20)

 

No quisiera extenderme demasiado en las características de cada reino, sino más bien dar lugar al sistema de batalla que se da en la vida cristiana.

Lo primero que debemos dejar en claro es la posición que ocupan los elementos de los “reinos” en el plano espiritual. Hemos obtenido de culturas e interpretaciones antiguas que Dios y el diablo están enfrentados, y que cada uno posee su ejército; luego estos ejércitos se enfrentan y luchan, las fuerzas del mal y las fuerzas del bien. Una consideración así supone una serie de errores que veremos a continuación:

Al ubicar a Dios y al diablo de esta manera, estamos implicando que ambos poseen el mismo poder y autoridad. Se los coloca al mismo nivel.

Al entender que hay una guerra espiritual entre estas dos facetas, el ser humano no tiene ninguna participación o responsabilidad sobre lo que sucede.

Si consideramos a satanás y su ejército como las fuerzas puras del mal, el ser humano no tiene responsabilidad alguna por sus males o el mal del mundo.

No sólo debemos romper con estos paradigmas heredados, sino que también debemos interpretar la realidad bíblica, lo cual nos posicionará en el lugar correcto para alcanzar victorias y ver a nuestro Rey en acción.

 

Los participantes de los reinos

 

Dios es soberano sobre la Creación. No hay nadie como Él ni nadie que se asemeje. No hay fuerzas espirituales “un poco inferiores”, sino que su superioridad es infinita. Dios no va a entablar personalmente batalla contra nada ni nadie porque no hay fuerza por grande que sea de permanecer siquiera delante suyo.

El concepto de “dios” es tenido como alguien que posee un dominio en todos los aspectos posibles. Pero hay un solo Dios (con mayúscula) que posee todas las habilitaciones dadas por sí mismo, como Creador de todo lo que existe, visible e invisible, como la manifestación del poder máximo que Él mismo es.

Este principio nos da la pauta de que no hay enemigos delante de su presencia, ni ejércitos que Él deba enfrentar, batallas que deba librar o territorios que deba conquistar.

En cuanto a satanás, nos debemos olvidar que él es creación de Dios. Se suele decir que su nombre era Lucifer, pero al rebelarse se le cambió a satanás. Esto es incorrecto, porque tanto satanás como diablo son “formas” de llamarle, en virtud de sus características. Su nombre fue, es y seguirá siendo mientras exista, Lucifer o Heilel.

Pero, ¿quién es satanás y qué lugar ocupa en la historia?

Para empezar, debemos conocer lo que sucedió antes de la Creación del mundo. Las profecías de Isaías sobre el rey de Babilonia, y de Ezequiel sobre el rey Tiro, dan lugar a la historia de la rebelión de Lucifer. Según la profecía bíblica, Lucifer no tuvo la intención inicial de ser enemigo de Dios, sino que quiso ser igual a Dios, sentarse en el mismo trono.

Ezequiel 28:12-19 nos muestra a Lucifer como creación de Dios colocado en el Edén. Este sería un punto de gobernación, un santuario para él. Fue creado en perfección y gozo celestial, pero esa misma perfección y hermosura tornaron su corazón en contra de su Creador y profanó su santuario. Habiendo visto a Dios cara a cara y viviendo en su santidad y gloria, no tuvo más redención para sí, por lo que fue echado de los cielos.

Isaías 14:12-15 se extiende un poco más al relatar la caída de Lucifer. Pero el sello final de su historia fue validado por completo con las palabras de Jesús: “Yo veía a satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas 10:18).

 

Las tinieblas no tienen reino

 

En el mismo contexto de Lucas 10, podemos ver la verdadera potestad que satanás posee sobre la humanidad.

 

“Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.” (Lucas 10:17-19)

 

Jesucristo les expone a sus discípulos a un Lucifer debilitado, caído, que ha perdido sus derechos y gobiernos. Cualquier suprema autoridad que hubiera poseído, ha quedado en el pasado y depende de Dios para poder dar un paso. Jesús les explica a los discípulos que Él mismo vio cómo fue derrotado y echado de su lugar, y por esa causa ahora ellos podían ver a los demonios sujetarse y huir. Pero no era porque el ser humano fue dotado de poder sobre los demonios, sino porque el Creador mismo, el que había echado a satanás, estaba con ellos. Por eso Jesús dice: “Os doy potestad”. Esta frase resuena en nuestros corazones y nos llena de un poder superior y un valiente ánimo de lucha y batalla.

 

En Jesucristo hay victoria
 

A lo largo de la Biblia, la palabra “victoria” aparece 23 veces. De esas 23 veces, 17 aparecen en el Antiguo Testamento refiriéndose a victorias sobre ejércitos literales. De las 6 veces restantes que aparece en el Nuevo Testamento, 1 vez es una referencia al Antiguo Testamento, y 3 están en 1 Corintios 15 mencionando la victoria sobre la muerte. De las 2 últimas veces, una vez se mencionan los tiempos finales y la victoria sobre la bestia y su imagen. Nos queda sólo un versículo que resume todo dentro de sí el significado de la victoria para el creyente actual.

 

“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.” (1 Juan 5:4)

 

Estos versículos muestran un campo de batalla totalmente diferente al que hemos heredado en nuestra cultura. No es Dios contra el diablo, ni contra nadie. Es el creyente contra el mundo. Esto pone al cristiano en el campo de batalla, cuerpo a cuerpo con su enemigo. ¿Y quién es el enemigo del hombre de Dios? Al leer nuevamente Lucas 10:17-19 veremos que Jesús menciona a satanás y luego lo llama el “enemigo” del creyente. Así que podemos considerar a satanás como un ser poderoso, emplazado en la dimensión espiritual con una fuerte influencia sobre el mundo físico en todos sus aspectos; pero a la vez lo vemos bíblicamente más relacionado al ser humano que a Dios, en cuanto a conflicto bélico se entiende.

Por eso, en el huerto del Edén no vemos a la serpiente luchar contra Dios, sino contra el hombre. Y esa batalla, el ser humano la perdió.

 

“Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.” (Génesis 3:6)

“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.” (1 Juan 2:16)

 

Así es como actúa satanás sobre el ser humano: a través de los sentidos. Esto pone al hombre en el campo de batalla, cuerpo a cuerpo con el enemigo.

Dios nos da una nueva oportunidad de vencer, trayendo un nuevo Adán que fue perfecto en todo, sin pecado. Esa muerte que heredamos desde el Edén, desde la primera caída del hombre, ahora vino a ser vencida por Jesucristo, el Rey vencedor.

 

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Corintios 15:55-57)

 

Él nos da la victoria. No hay lugar para dudar o temer de las fuerzas de las tinieblas, que ni siquiera reino poseen. Jesucristo es vencedor sobre toda fuerza por más imperiosa que sea.

 

“el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13)

“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento.” (2 Corintios 2:14)

 

El resultado final de la victoria no es primordialmente que seamos felices y obtengamos muchas posesiones materiales; sino anunciar a Cristo y que el mundo conozca quién le ha vencido. Como resultado final, Él colmará nuestros corazones de felicidad y nada nos faltará. Confiemos en Él, y venceremos siempre.

Leer

Francisco Ibañez

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